Lápiz de ojos negro. Pintada una
raya demasiado gruesa para unos ojos tan pequeños. Ese rímel ya casi gastado
alarga un poco sus húmedas pestañas. El colorete espera cerrado sobre el sucio
lavabo, aunque el rosado color no sería suficiente para tapar la marcada línea
bajo su pómulo, señal de su mala alimentación desde hace días, por lo que abandona
la brocha.
Tres barras de labios. Ella
elije la burdeos, la más oscura de las que tiene.
Por último se coloca las
pesadas botas color añil que alcanzan un palmo sobre sus finos tobillos.
Baja las escaleras y toma las
llaves sin hacer mucho ruido; quiere pasar desapercibida, y tristemente le
resulta bastante fácil desde hace un tiempo.
Se mira por última vez en el
espejo antes de salir de casa, pero cree que también él le miente.
La invernal niebla viste las
calles por las que ella es mojada por ese fino rocío. Esas por las que sólo le
es permitido ver bajo aquellos escasos metros donde las farolas alumbran, y donde
unos enfermizos, hambrientos y despeluchados gatos maúllan angustiosamente.
Camina rápido. Asustada por cómo
el eco de sus propios pasos la persigue, exhalando vaho en cada bocanada de
aire que suelta, como si de su propia vida escapando de sus labios se tratase.
Entonces llega. Mira a ambos
lados nerviosa y entra sin llamar a la puerta. El olor a alcohol añejo y a
tabaco liado se hace más intenso según avanzan sus pasos. Y le encuentra allí,
sentado como siempre en el raído y
oscuro sofá de cuero falso. Él aprieta contra sus labios la boquilla, llena sus
pulmones del negro humo y, tras una irónica sonrisa, lo expulsa por sus
agrietados labios.
Él le hace un gesto y ella se
acerca. Le agarra fuertemente del pelo arrastrándola hasta pocos centímetros de
su cara, provocando en ella dificultad para respirar esa pestilente colonia
barata. El borracho la somete preguntando si será buena de nuevo, y ella
responde mirando a la nada con esas palabras que está acostumbrada a repetir: “yo
me doy igual”.
Él agarra su delgada muñeca
apretando su áspera mano. Tira de ella con fuerza escaleras arriba, empujándola
finalmente sobre la deshecha cama. Ella cae bocabajo, y se yergue lentamente mientras
escucha cómo la cremallera de su yugo cae, bajando y llegando al suelo. Esta es
agarrada por las caderas, y entonces penetrada con brutalidad, besada,
golpeada, follada y azotada, todo con rabia, y ella ya no es capaz de sentir.
El verdugo termina, dejando
dentro de ella el fruto de ese desenfrenado encuentro con el que tanto la ha
hecho disfrutar…
Se enciende un cigarrillo más
tras lo que abrocha el cinturón con el que tantas veces la ha ahogado y se va,
dejándola maltrecha sobre el manchado colchón.
Antes de salir se refleja en
un roto y ensangrentado cristal, viendo las marcas de la vergüenza en su rostro.
Lo último en lo que se fija
pero a lo que más atención presta es a esos finos labios. Aquellos a los que
maquilló con el oscuro color. Sin embargo, pese a haberse borrado el carmín,
estos siguen manchados de un color alejado del color de la vida.
Sus labios están ahora maquillados
por un tétrico color violeta, manchado por el mismo azul añil de sus botas; y
ella ha quedado condenada a sentir como espectro los pasos que dio justo antes
de morir.