miércoles, 29 de octubre de 2014

Guapa para ti.

Hoy voy a ponerme guapa para ti
Elegiré ese conjunto con el que tantas veces me has visto y que tantas veces te ha gustado.
Oscureceré mis ojos para que veas la falta que les haces.
Alargaré mis pestañas para que no puedas dejar de mirarlos, y no te dejaré pensar en finales.
Maquillaré mi boca con ese color burdeos que tanto te gusta morder.
Perfumaré mi cuello y te embeberás en él.
Hoy voy a ponerme muy guapa para ti.
Quiero que veas pasear mi cuerpo como si fuera la primera y última vez que fueras a hacerlo.
Acariciaré tu mano porque la mía lo necesita.
Voy a hablarte de lo guapo que estás, mientras mi melancólica sonrisa no para de llorar.
No quiero que notes lo sola que me siento, pero mis nervios hablarán por mí.
Buscaré tu abrazo con vergüenza.
Hoy voy a ponerme especialmente guapa para ti.
No me va a faltar el valor para enseñarte lo bonita que tengo ahora el alma.
Pienso contarte todo lo que te he echado de menos.
Voy a decirte todo lo que te quiero.
Te querré.

Hoy voy a ser guapa para ti.

Como sin vida.

Como hiedra seca, asesinada por un áspero sol de verano.
Ceniza convicta en un mortífero cigarrillo.
Piel pegándose a unos huesos que hace tiempo se despidieron de la vida.
Burbujas de jabón derruidas, rotas, rasgadas, extirpadas de su gas; y líquido elemento cayendo al suelo con la violencia que los muertos en la guerra.
El sonido de la pólvora en unos fuegos artificiales al estallar por primera vez, sin ser esperado, haciendo que cierres los ojos al principio y luego todo sea fuego en tu mirada. Te hace adicto a sus colores.
El chirrido de una puerta que nadie ha movido.

Como el último beso, que sabe a muerte.

lunes, 13 de octubre de 2014

Masoquista, puede ser.

La soledad me ha calado en los huesos.
He cortado un cuello resultando ser el mío; y ya no soy mi amigo, soy mi verdugo.
Y me arrastro y pinto el suelo con mi propia sangre.
Hoy me he resbalado y he caído en ningún sitio. Al mirar a mi tropiezo descubrí mi corazón apestando a formol, y supo chillarme por cortarle esos flecos que aún estaban de moda.
Acabo de entrar en una habitación que ya no es mi hogar, pues pinté las paredes con los ojos vendados y escogí mal el color. Ahora estas son grises, y pegan con mis pupilas.
Estoy llorando alfileres que se confunden entre mis pestañas. Les gusta clavarse en mis pecas, acuchillar mis mejillas y, finalmente, apuñalarme el corazón.
Ahora solo soy capaz de escuchar esa canción que sonaba a melancolía.
He roto los cristales de mis gafas hasta que han estallado en rojo. Con los ensangrentados pedazos he hecho atravesar al sol para que tiña de fuego todas mis banderas, porque ya no tengo mástil donde sujetarlas.
He dejado mis uñas crecer sólo para clavarlas en mis brazos, y las marcas de mi vergüenza me escupen a la cara con rencor.
Por más que me repito “chica, el daño que te estás haciendo no es normal”, no paro.

Y las cosas escritas duelen dos veces y yo soy muy masoquista. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Besos entre la sal.

Me veo a mí misma años atrás, rota, hecha añicos por quien ahora es mi camello.
Decían que destrozada la virtud y la vergüenza poco le quedaba ya a una chica como yo. Puede que tuvieran razón.
La ventana está abierta.
Oigo el chocar de las gotas, precipitadas contra el asfalto de la calle con violencia. El olor a tierra mojada ya solo hace que me gire en la cama y quiera buscar a Morfeo un rato más.
El frío vuelve a calarse en los huesos.
Mis pies piden que las sábanas me arropen, por si algo de agua decide hacer de rocío sobre mis desnudas piernas… como si acaso yo pudiera compararme con alguna de esas flores bonitas que mi madre solía tener en el jardín. Pero no puedo.
En la pequeña mesita están abandonadas las cáscaras de pipas. Las comí con ansiedad mientras esperaba, por si volvías. Y aún están húmedas de mí. Y mi boca sabe a sal. Como a ti te gusta. O te gustaba.
Mis labios agrietados ya no gritan ningún nombre. Menos mal; qué putada eso de hablarle a un sordo que se tapa los ojos para no entender mi lenguaje de signos.
Besos, muchos besos, más besos, y aún más besos.
Quizás eso es lo que nos hiciera falta. O a lo mejor a mí. O quizás a ti. No volvería a cometer el mismo error dos veces.
Eso digo mientras pienso en cómo la nicotina se agarra a los pulmones en esa calada y… oh, mierda, lo he  vuelto a hacer. Abro los ojos entre el humo de ese porro que lleva un rato consumiendo mi vida desde dentro. Pero es culpa de quien se olvidó aquel mechero azul en la barra de ese tugurio.
Y a quién quiero engañar… la vida es una mierda, pero una mierda bonita. Igual que follar colocados.
Joder, ya ha parado de llover. ¿Ahora cómo coño voy a explicar que mis mejillas estén mojadas?
Muescas en la pared al igual que en mis muñecas. ¿Si las cuento me redimo? No sé. Pero lo hago a diario. Ahora al menos elijo el color de mis cuchillas.
En mis pensamientos me veo caminar como quien pisa la cárcel por segunda vez. Como alguien que no le tiene miedo a nada y sabe cómo sobrevivir en una jaula. Veo esa sonrisilla burlona que intimida hasta a la del espejo. Me miro. Me observo. Pero ya no soy la misma. Voy de naranja, ese puto color que tanto odio.
Odio cómo voy.

Me odio. O eso dicen mis añicos mientras vuelven a hablar con ese camello.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Pequeña sonrisa bonita.

Calurosa tarde de verano. Joder, qué bien me sentaría otra ducha bien fría. Pero no hay tiempo. Bastante he tardado en elegir el modelito que más resalte mis curvas. Ahora todas esas dudas asaltan mi mente: ¿me habré maquillado demasiado? ¿Habré perfilado bien el borde de mis pestañas con el eyeliner? ¿Harán mis pestañas lo suficiente bonitos a mis ojos? ¿Y mis labios le pedirán que los muerda?
Pf… se retrasa. Y yo me voy poniendo más nerviosa.
De repente una llamada con un “ya estoy en tu puerta”.
Me sofoco, el corazón me estalla en el pecho, y entonces le veo ahí, en el umbral de la puerta, mirándome con esos ojos que preguntan en silencio si le dejaré pasar. Y lo hago, y no solo eso, le dejo también entrar en mi vida. Se acerca a besarme y topa con mi mejilla. Él sonríe, ya conoce esas cosas de mí.
Conforme el tiempo pasa me relajo. Él me relaja, sabe cómo hacerlo.
Pasamos el rato tumbados entre sábanas y mullidos cojines, hablando, besándonos, mirándonos a los ojos, y a los suyos los veo sinceros… Y él me acaricia, y me da por perderme, no sé, y olvidarme de lo que hay de puertas para afuera. Y cuando sus manos paran de recorrer mi cuerpo las necesito, ansío sentir mi piel erizada y joder, qué putada no saber cómo decírselo.
Pero cuando sus manos paran comienza su boca. Me roza el cuello, mira mis lunares con curiosidad y los cuenta con los labios, besándolos. Los une con la lengua. Y me asalta con palabras que hacen que mi corazón se acojone; me llama pequeña, me habla de lo bonita que es mi sonrisa y ahí… ahí ya no soy yo.
Lo triste viene cuando toca vestirse, recoger la ropa del suelo, mirar de reojo cómo se pone la camiseta y oír las cremalleras subiendo. Y me angustio pensando en si volverá, si volveremos.


Y entonces solo te preguntas a cuántas más llamará pequeña. Y deseas ser esa, ser la única, ser la de la sonrisa bonita.

jueves, 21 de agosto de 2014

No me gusta ir peinada.

No me gusta ir peinada.
Me gusta sentir el frío del suelo con los pies, ir descalza por la vida.
Sentir cómo el eyeliner maquilla mis ojos. Bien negros. Y conjuntarlos con un color oscuro de labios; burdeos está bien. A veces el rojo es opción, depende de si me levanto con ganas de morder o de matar.
¿Unas bragas y una camiseta ancha? Haré maravillas si me dejas.
Soy de las que no disfruta del humo en sus pulmones, sino que lo saborea en los labios. Lo veo salir de mi boca cual espectro que desea confundirse con las nubes. Aunque a veces me da la impresión de que al mío le va más mezclarse entre las brasas del infierno.
Me gusta la velocidad. Y la cerveza bien fría.
Sí, me encanta la cerveza. El primer trago es el peor, ¿sabes? Pero como todo en la vida, supongo.
Eh, no trato de confundirte. La solución no es acostumbrarse a su amargo sabor, sino probarlas todas y elegir la que se mezcle bien entre tus papilas gustativas.
El día que aprecié a la cerveza, me enamoré. Ella me trata bien, es rubia y la llaman “Desperados”. Es la única con la que tolero el limón.
¿Qué no te lo había dicho? Aborrezco el limón. Su olor, su sabor, su textura… una fruta que necesita tanto azúcar para saber bien no puede ser buena.
Detesto el traqueteo de la cerradura al entrar en casa a las tantas de la mañana, oliendo a alcohol y otras drogas (como esa a la que llaman amor o sexo, no sé); ¿por qué no puede estar en silencio esa puta bisagra?
Soy un poco miope, pero el horizonte se ve mejor cuando me quito las gafas. Oh, sí. Una pena que tengas que ver con nitidez cómo el mar se separa del cielo por una estrecha y azul línea. Yo disfruto de verlo todo borroso, de confundir finales con comienzos y esas mierdas de las que la gente normal se queja.
Adoro el olor a playa, a mar que se adentra en mis fosas nasales, rozando antes mi septum con la misma fuerza con la que las olas chocan contra las rocas. Pero odio sentir la arena entre mis muslos.
Me encanta que me muerdan los labios.
Siento si esto suena soez, pero… bueno, en realidad no lo siento, lo digo muy orgullosa: me encanta correrme. Sí. Y a ti te gusta correrte, al igual que ver cómo se corre ella mientras le das placer con la boca. Si el mundo se moviera por orgasmos… Dios, sí.
No quiero entrar en detalles sobre el temblor de piernas, el poner los ojos en blanco y cerrarlos justo antes de extasiarme. Tampoco en los gemidos; esos que se ahogan y te llenan entera.

En fin, me gusta vivir despeinada.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Orange is the new black.

“O te follaré. Literalmente. Me colaré en tu cuarto en mitad de la noche y te lameré el coño. Y lo haré tan bien, y con tal mimo que cuando te despiertes estarás a punto de correrte. Entonces pararé. Tú estarás medio dormida y me rogarás que siga. Sí, rogarás. Y puede que sea buena, o puede que no. Pero si lo soy, sentirás algo que te cambiará para siempre.”

domingo, 3 de agosto de 2014

Precipicio de vida.

A veces hay que abrir los ojos. Otras hay que dejar que todo tu cuerpo se estampe contra ese muro. Hay momentos en los que tienes que escuchar a los que tienes a tu alrededor; pero otras muchas tienes que hacer caso a lo que te sale de dentro, a lo que ordenen tus tripas.
Muchas veces nos equivocamos, podemos incluso hacerlo aposta.  También hay que saber rectificar a tiempo.
Hay que pensar en uno mismo, pero sin pasarse. Hay que plantear las situaciones de otra manera, mirar desde arriba, abajo, y desde todos los lados posibles.

Besa rápido y ama lento, decían.

Al fin y al cabo, creo que lo único que queda es acercarse al precipicio, mirar desde arriba y sentir el vértigo. Sentir cómo este se apodera de la flojera de tus piernas. Y ahí, ponerte una venda en los ojos. Apretarla bien a tu cabeza, cuidando que no se te enrede el pelo en ella. Y entonces, solo entonces, cuando tus pies se coloquen justo al borde y caigan las primeras piedras, notarás que presionan tu hombro, se acercarán a tu oído y escucharás un “quédate conmigo”.

Eso es vivir.

viernes, 3 de enero de 2014

Mortal maquillaje.

Lápiz de ojos negro. Pintada una raya demasiado gruesa para unos ojos tan pequeños. Ese rímel ya casi gastado alarga un poco sus húmedas pestañas. El colorete espera cerrado sobre el sucio lavabo, aunque el rosado color no sería suficiente para tapar la marcada línea bajo su pómulo, señal de su mala alimentación desde hace días, por lo que abandona la brocha.
Tres barras de labios. Ella elije la burdeos, la más oscura de las que tiene.
Por último se coloca las pesadas botas color añil que alcanzan un palmo sobre sus finos tobillos.
Baja las escaleras y toma las llaves sin hacer mucho ruido; quiere pasar desapercibida, y tristemente le resulta bastante fácil desde hace un tiempo.
Se mira por última vez en el espejo antes de salir de casa, pero cree que también él le miente.

La invernal niebla viste las calles por las que ella es mojada por ese fino rocío. Esas por las que sólo le es permitido ver bajo aquellos escasos metros donde las farolas alumbran, y donde unos enfermizos, hambrientos y despeluchados gatos maúllan angustiosamente.

Camina rápido. Asustada por cómo el eco de sus propios pasos la persigue, exhalando vaho en cada bocanada de aire que suelta, como si de su propia vida escapando de sus labios se tratase.

Entonces llega. Mira a ambos lados nerviosa y entra sin llamar a la puerta. El olor a alcohol añejo y a tabaco liado se hace más intenso según avanzan sus pasos. Y le encuentra allí, sentado como siempre en el  raído y oscuro sofá de cuero falso. Él aprieta contra sus labios la boquilla, llena sus pulmones del negro humo y, tras una irónica sonrisa, lo expulsa por sus agrietados labios.
Él le hace un gesto y ella se acerca. Le agarra fuertemente del pelo arrastrándola hasta pocos centímetros de su cara, provocando en ella dificultad para respirar esa pestilente colonia barata. El borracho la somete preguntando si será buena de nuevo, y ella responde mirando a la nada con esas palabras que está acostumbrada a repetir: “yo me doy igual”.
Él agarra su delgada muñeca apretando su áspera mano. Tira de ella con fuerza escaleras arriba, empujándola finalmente sobre la deshecha cama. Ella cae bocabajo, y se yergue lentamente mientras escucha cómo la cremallera de su yugo cae, bajando y llegando al suelo. Esta es agarrada por las caderas, y entonces penetrada con brutalidad, besada, golpeada, follada y azotada, todo con rabia, y ella ya no es capaz de sentir.
El verdugo termina, dejando dentro de ella el fruto de ese desenfrenado encuentro con el que tanto la ha hecho disfrutar…
Se enciende un cigarrillo más tras lo que abrocha el cinturón con el que tantas veces la ha ahogado y se va, dejándola maltrecha sobre el manchado colchón.

Antes de salir se refleja en un roto y ensangrentado cristal, viendo las marcas de la vergüenza en su rostro.
Lo último en lo que se fija pero a lo que más atención presta es a esos finos labios. Aquellos a los que maquilló con el oscuro color. Sin embargo, pese a haberse borrado el carmín, estos siguen manchados de un color alejado del color de la vida.

Sus labios están ahora maquillados por un tétrico color violeta, manchado por el mismo azul añil de sus botas; y ella ha quedado condenada a sentir como espectro los pasos que dio justo antes de morir.