A veces hay que abrir los
ojos. Otras hay que dejar que todo tu cuerpo se estampe contra ese muro. Hay momentos
en los que tienes que escuchar a los que tienes a tu alrededor; pero otras
muchas tienes que hacer caso a lo que te sale de dentro, a lo que ordenen tus
tripas.
Muchas veces nos equivocamos,
podemos incluso hacerlo aposta. También hay
que saber rectificar a tiempo.
Hay que pensar en uno mismo,
pero sin pasarse. Hay que plantear las situaciones de otra manera, mirar desde
arriba, abajo, y desde todos los lados posibles.
Besa rápido y ama lento,
decían.
Al fin y al cabo, creo que lo
único que queda es acercarse al precipicio, mirar desde arriba y sentir el vértigo.
Sentir cómo este se apodera de la flojera de tus piernas. Y ahí, ponerte una
venda en los ojos. Apretarla bien a tu cabeza, cuidando que no se te enrede el
pelo en ella. Y entonces, solo entonces, cuando tus pies se coloquen justo al
borde y caigan las primeras piedras, notarás que presionan tu hombro, se
acercarán a tu oído y escucharás un “quédate conmigo”.
Eso es vivir.
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