No me gusta ir peinada.
Me gusta sentir el frío del
suelo con los pies, ir descalza por la vida.
Sentir cómo el eyeliner
maquilla mis ojos. Bien negros. Y conjuntarlos con un color oscuro de labios;
burdeos está bien. A veces el rojo es opción, depende de si me levanto con
ganas de morder o de matar.
¿Unas bragas y una camiseta
ancha? Haré maravillas si me dejas.
Soy de las que no disfruta del
humo en sus pulmones, sino que lo saborea en los labios. Lo veo salir de mi
boca cual espectro que desea confundirse con las nubes. Aunque a veces me da la
impresión de que al mío le va más mezclarse entre las brasas del infierno.
Me gusta la velocidad. Y la
cerveza bien fría.
Sí, me encanta la cerveza. El primer
trago es el peor, ¿sabes? Pero como todo en la vida, supongo.
Eh, no trato de confundirte. La
solución no es acostumbrarse a su amargo sabor, sino probarlas todas y elegir
la que se mezcle bien entre tus papilas gustativas.
El día que aprecié a la
cerveza, me enamoré. Ella me trata bien, es rubia y la llaman “Desperados”. Es la
única con la que tolero el limón.
¿Qué no te lo había dicho? Aborrezco
el limón. Su olor, su sabor, su textura… una fruta que necesita tanto azúcar
para saber bien no puede ser buena.
Detesto el traqueteo de la
cerradura al entrar en casa a las tantas de la mañana, oliendo a alcohol y
otras drogas (como esa a la que llaman amor o sexo, no sé); ¿por qué no puede
estar en silencio esa puta bisagra?
Soy un poco miope, pero el
horizonte se ve mejor cuando me quito las gafas. Oh, sí. Una pena que tengas
que ver con nitidez cómo el mar se separa del cielo por una estrecha y azul
línea. Yo disfruto de verlo todo borroso, de confundir finales con comienzos y
esas mierdas de las que la gente normal se queja.
Adoro el olor a playa, a mar
que se adentra en mis fosas nasales, rozando antes mi septum con la misma
fuerza con la que las olas chocan contra las rocas. Pero odio sentir la arena
entre mis muslos.
Me encanta que me muerdan los
labios.
Siento si esto suena soez,
pero… bueno, en realidad no lo siento, lo digo muy orgullosa: me encanta
correrme. Sí. Y a ti te gusta correrte, al igual que ver cómo se corre ella
mientras le das placer con la boca. Si el mundo se moviera por orgasmos… Dios,
sí.
No quiero entrar en detalles
sobre el temblor de piernas, el poner los ojos en blanco y cerrarlos justo
antes de extasiarme. Tampoco en los gemidos; esos que se ahogan y te llenan
entera.
En fin, me gusta vivir
despeinada.
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