Calurosa tarde de verano. Joder,
qué bien me sentaría otra ducha bien fría. Pero no hay tiempo. Bastante he
tardado en elegir el modelito que más resalte mis curvas. Ahora todas esas
dudas asaltan mi mente: ¿me habré maquillado demasiado? ¿Habré perfilado bien
el borde de mis pestañas con el eyeliner? ¿Harán mis pestañas lo suficiente
bonitos a mis ojos? ¿Y mis labios le pedirán que los muerda?
Pf… se retrasa. Y yo me voy
poniendo más nerviosa.
De repente una llamada con un “ya
estoy en tu puerta”.
Me sofoco, el corazón me
estalla en el pecho, y entonces le veo ahí, en el umbral de la puerta,
mirándome con esos ojos que preguntan en silencio si le dejaré pasar. Y lo hago,
y no solo eso, le dejo también entrar en mi vida. Se acerca a besarme y topa
con mi mejilla. Él sonríe, ya conoce esas cosas de mí.
Conforme el tiempo pasa me
relajo. Él me relaja, sabe cómo hacerlo.
Pasamos el rato tumbados entre
sábanas y mullidos cojines, hablando, besándonos, mirándonos a los ojos, y a
los suyos los veo sinceros… Y él me acaricia, y me da por perderme, no sé, y
olvidarme de lo que hay de puertas para afuera. Y cuando sus manos paran de
recorrer mi cuerpo las necesito, ansío sentir mi piel erizada y joder, qué
putada no saber cómo decírselo.
Pero cuando sus manos paran
comienza su boca. Me roza el cuello, mira mis lunares con curiosidad y los
cuenta con los labios, besándolos. Los une con la lengua. Y me asalta con
palabras que hacen que mi corazón se acojone; me llama pequeña, me habla de lo
bonita que es mi sonrisa y ahí… ahí ya no soy yo.
Lo triste viene cuando toca
vestirse, recoger la ropa del suelo, mirar de reojo cómo se pone la camiseta y
oír las cremalleras subiendo. Y me angustio pensando en si volverá, si
volveremos.
Y entonces solo te preguntas a
cuántas más llamará pequeña. Y deseas ser esa, ser la única, ser la de la
sonrisa bonita.
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