Me veo a mí misma años atrás,
rota, hecha añicos por quien ahora es mi camello.
Decían que destrozada la
virtud y la vergüenza poco le quedaba ya a una chica como yo. Puede que tuvieran
razón.
La ventana está abierta.
Oigo el chocar de las gotas,
precipitadas contra el asfalto de la calle con violencia. El olor a tierra
mojada ya solo hace que me gire en la cama y quiera buscar a Morfeo un rato
más.
El frío vuelve a calarse en
los huesos.
Mis pies piden que las sábanas
me arropen, por si algo de agua decide hacer de rocío sobre mis desnudas
piernas… como si acaso yo pudiera compararme con alguna de esas flores bonitas
que mi madre solía tener en el jardín. Pero no puedo.
En la pequeña mesita están abandonadas
las cáscaras de pipas. Las comí con ansiedad mientras esperaba, por si volvías.
Y aún están húmedas de mí. Y mi boca sabe a sal. Como a ti te gusta. O te
gustaba.
Mis labios agrietados ya no
gritan ningún nombre. Menos mal; qué putada eso de hablarle a un sordo que se
tapa los ojos para no entender mi lenguaje de signos.
Besos, muchos besos, más
besos, y aún más besos.
Quizás eso es lo que nos
hiciera falta. O a lo mejor a mí. O quizás a ti. No volvería a cometer el mismo
error dos veces.
Eso digo mientras pienso en
cómo la nicotina se agarra a los pulmones en esa calada y… oh, mierda, lo
he vuelto a hacer. Abro los ojos entre
el humo de ese porro que lleva un rato consumiendo mi vida desde dentro. Pero es
culpa de quien se olvidó aquel mechero azul en la barra de ese tugurio.
Y a quién quiero engañar… la
vida es una mierda, pero una mierda bonita. Igual que follar colocados.
Joder, ya ha parado de llover.
¿Ahora cómo coño voy a explicar que mis mejillas estén mojadas?
Muescas en la pared al igual
que en mis muñecas. ¿Si las cuento me redimo? No sé. Pero lo hago a diario. Ahora
al menos elijo el color de mis cuchillas.
En mis pensamientos me veo
caminar como quien pisa la cárcel por segunda vez. Como alguien que no le tiene
miedo a nada y sabe cómo sobrevivir en una jaula. Veo esa sonrisilla burlona
que intimida hasta a la del espejo. Me miro. Me observo. Pero ya no soy la
misma. Voy de naranja, ese puto color que tanto odio.
Odio cómo voy.
Me odio. O eso dicen mis
añicos mientras vuelven a hablar con ese camello.
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