domingo, 7 de septiembre de 2014

Besos entre la sal.

Me veo a mí misma años atrás, rota, hecha añicos por quien ahora es mi camello.
Decían que destrozada la virtud y la vergüenza poco le quedaba ya a una chica como yo. Puede que tuvieran razón.
La ventana está abierta.
Oigo el chocar de las gotas, precipitadas contra el asfalto de la calle con violencia. El olor a tierra mojada ya solo hace que me gire en la cama y quiera buscar a Morfeo un rato más.
El frío vuelve a calarse en los huesos.
Mis pies piden que las sábanas me arropen, por si algo de agua decide hacer de rocío sobre mis desnudas piernas… como si acaso yo pudiera compararme con alguna de esas flores bonitas que mi madre solía tener en el jardín. Pero no puedo.
En la pequeña mesita están abandonadas las cáscaras de pipas. Las comí con ansiedad mientras esperaba, por si volvías. Y aún están húmedas de mí. Y mi boca sabe a sal. Como a ti te gusta. O te gustaba.
Mis labios agrietados ya no gritan ningún nombre. Menos mal; qué putada eso de hablarle a un sordo que se tapa los ojos para no entender mi lenguaje de signos.
Besos, muchos besos, más besos, y aún más besos.
Quizás eso es lo que nos hiciera falta. O a lo mejor a mí. O quizás a ti. No volvería a cometer el mismo error dos veces.
Eso digo mientras pienso en cómo la nicotina se agarra a los pulmones en esa calada y… oh, mierda, lo he  vuelto a hacer. Abro los ojos entre el humo de ese porro que lleva un rato consumiendo mi vida desde dentro. Pero es culpa de quien se olvidó aquel mechero azul en la barra de ese tugurio.
Y a quién quiero engañar… la vida es una mierda, pero una mierda bonita. Igual que follar colocados.
Joder, ya ha parado de llover. ¿Ahora cómo coño voy a explicar que mis mejillas estén mojadas?
Muescas en la pared al igual que en mis muñecas. ¿Si las cuento me redimo? No sé. Pero lo hago a diario. Ahora al menos elijo el color de mis cuchillas.
En mis pensamientos me veo caminar como quien pisa la cárcel por segunda vez. Como alguien que no le tiene miedo a nada y sabe cómo sobrevivir en una jaula. Veo esa sonrisilla burlona que intimida hasta a la del espejo. Me miro. Me observo. Pero ya no soy la misma. Voy de naranja, ese puto color que tanto odio.
Odio cómo voy.

Me odio. O eso dicen mis añicos mientras vuelven a hablar con ese camello.

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