Cariño, ¿qué ha pasado durante el tiempo que no he estado?
Parecen siglos y no ha pasado siquiera un año.
Tú tan guapo como siempre,
yo tan perdida como nunca.
No sé qué hora es, y espero que a ti tampoco te importe.
Únicamente rezo para que no sea demasiado tarde;
yo, que soy atea de los dioses de otros.
Yo, que siempre he creído en los tuyos.
Tú.
¿Eres verdaderamente tú?
Te veo mezclar el agua y el aceite y me da por odiarte.
Te odio cuando rompes nuestros platos
y nos dejas comiendo con las manos.
No sé si te odio a jornada completa
o si te odio a ratos.
Pero sí sé que te odio porque.
¿Estás bien? Yo no.
Ya no lloro por las noches, ahora únicamente sonrío en
ellas.
Me prometo a mí misma que quiero cumplirte a ti,
y vas y me dices que no te han llegado las ciento noventa y
siete cartas que te he escrito.
Quizás me diste mal tu dirección,
quizás cambiaste de lugar tu corazón.
Y escribo la última
– siempre digo que será la última –
con la poca tinta que me queda.
Roja. Roja. Roja.
Se me corren los trazos,
lo siento.
Tengo tanto que decirte y me has dejado tan poco espacio…
Redención en una papelería.
Me pillo los dedos robando.
Me corto la lengua al cerrar el sobre.
Te odio, ¿me odias?
Y si digo que te quiero, ¿me responderías lo mismo?
Y si hago la maleta, ¿te vendrías conmigo?
Y si me dejo de “y si…”, ¿me los plantearías tú?
Dame un momento, pero no me dejes pensar.
Cojamos un diccionario.
No. Mejor escribamos el nuestro.
Escribámonos las cartas que no pueda leer el resto.
Dime, y ahora, ¿qué?
No hay comentarios:
Publicar un comentario