Escribo por los que no tienen voz.
O por los que gritan y no se les oye.
Escribo por ti, por mí y por todos mis compañeros.
Por las ganas de dos besos donde no rocen las mejillas.
Suelto el ansia en un papel y lo cocino hasta que se quema.
Espero mientras desesperas.
Y te ahogo con la almohada de un niño que ya no tiene miedo a la oscuridad.
Te pongo un nombre que nadie sabe pronunciar.
Y justo donde duele tocamos la herida.
Nos ahogamos en un vaso de hielo
donde el líquido era alcohol.
Acolcho tu habitación mientras tú muerdes los muebles.
Y te sirvo un cubata tras la barra de ese bar donde no se llora
tan solo se espera.
Y qué poco te gusta esperar.
Porque quieres ser perfecto -
y a mí me gusta lo que se arranca;
no lo que se corta.
Te alteras.
Enloqueces.
Caminas por la sala.
"A ver cómo me (des)ahogo", (no) susurras.
Y me miro las manos.
Pero no hay platos rotos.
Y entonces te matas a puños con la pared.
Y entonces desangras tus principios.
Y entonces.
Entonces yo.
Entonces tú.
Lo observo todo desde el rincón más luminoso.
Paras. Me miras.
Veo a tus heridas enternecerse.
Y no puedes,
simplemente
no
puedes.
Y me abrazas tan fuerte que me asfixias.
Y me gusta,
porque siento que soy casa;
y los niños pierden así los miedos.
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