martes, 29 de marzo de 2016

Huesos

Una calavera y dos huesos cruzados me dan la bienvenida.
Me detengo y aprecio las preciosas hendiduras que la forman.
Mis dedos se mezclan entre ellas, y deseo romperme contra ese color.
Repaso todos y cada uno de los dientes colocados en la robusta mandíbula.
No lo pienso, me guío por necesidad. Arranco el colmillo y lo hago bailar entre las yemas de mis dedos.
Tres pasos. Diez más. Estoy dentro.
Huele a muerto. Inhalo fuerte. Cierro los ojos; ya sé que estoy perdida.
Lamo cada piedra que me encuentra.
Leo con detenimiento cada nombre, cada historia, cada fecha;
me excita.
Presiono el colmillo, lo clavo en mi carne, lo hago mío.
Y encuentro una puerta medio abierta. La atravieso sin mirar. Y de nuevo ese olor.
El pulso se me acelera.
Estoy nerviosa.
Escucho a esos malditos pájaros negros. Sé que me están mirando. Me juzgan. Hablan de mí.
Juro que no estoy loca.
No lo soporto.
Sé exactamente adónde ir. El silencio me grita.
Empujo el pesado granito. Y ahí está. Ahí debo estar.
Beso a la muerte. Me alío con ella.
Sonrío mientras me lamo la herida de la mano.
Aquí hasta que me encuentren
- no me busquéis, por favor.
Cerrad la puerta al salir.

¿Y el colmillo?
Me está rasgando las tripas.
No pediré morfina. ¿Me la darás?

Cierra al salir.

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