Tratamos de mostrar serenidad
cuando nos tiemblan las piernas; necios de nosotros, que no somos capaces de
abrirnos al mundo.
Quienes al notar un atisbo de
soledad goteamos como rotas bolsas de frágil plástico.
Quienes desahogamos en ese
primer beso un autodestructivo pensamiento.
Quienes no somos capaces de
confiar ni en nuestra propia sombra, solo por tratarse de la figura de una
mujer.
Pero, ¿quién iba a fiarse de
un ser que puede alejarle del paraíso…? ¿Quién sería capaz de autodestruirse o
de recrearse…? ¿Quién cambiaría por cristal el plástico que ya posee…? ¿Quién
se taparía los oídos y no tiritaría…?
Y así, por humana debilidad,
cargamos a nuestras espaldas con pervertidas verdades con las que deberemos
convivir.
También lloramos cuando nos
sentimos solos.
Nos asustan los verbos “morir”
y “nacer”.
Y no olvidamos que Eva fue
quien mordió la manzana.
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