Viernes de noviembre. Siete de
la mañana. Escasos 3 grados.
Ella se coloca la mullida
bufanda en el cuello y el pesado bolso de viaje al hombro. Baja las escaleras caminando
decidida, pisa fuerte pese a los nervios que la acompañan.
Llega a la fría estación de
tren, sentándose junto a un pobre vagabundo.
En inútiles esfuerzos por mantener
el calor, guarda sus manos en los bolsillos del abrigo.
Se limita ahora a contemplar
el gran reloj de la estación; ese que tantos sentimientos ha producido: alegrías
en los regresos, tristezas en las idas…
Los minutos pasan lentos, pero
para ella cada movimiento de la aguja significa menos presión en ese cuchillo
clavado en su pecho desde hace ya demasiado tiempo.
Ocho menos cuarto de la
mañana.
Escucha de fondo ese tren que
se acerca. Nota como la sangre presiona sus venas con más fuerza, incluso sus
mejillas comienzan a ganar color, borrando la blancura de su rostro y las
ojeras de no haber dormido en días. Aprieta el asa del bolso desgastando el
material.
Sube al tren. Asiento 273. El interventor
comprueba que su billete es correcto.
El traqueteo del motor comienza
a sonar. Todo vibra ahora. Ella apoya su cabeza en el cristal, perdiendo su
mirada en los metros que acortan sus distancias.
Escucha por megafonía como una
mecanizada voz va nombrando las estaciones por las que pasa, pero ninguna corresponde
a donde dejó su vida.
Los gruesos y nudosos troncos
de los verdes olivos y una adehesada llanura le avisan de que pronto estará en
casa.
Doce y media de la mañana. El maquinista
comienza a frenar el tren, haciendo que los engranajes que lo forman chirríen
de forma molesta, aunque para ella es ahora mismo la armonía más dulce que
podría escuchar.
Retuerce el asa del bolso casi
rompiéndolo. Ella mira de forma nerviosa por la ventanilla; parece no verle. El
corazón rebota en su pecho con más fuerza conforme camina, siendo sus pasos más
y más decididos y a la vez más temblorosos.
Baja del tren, mira nerviosa a
izquierda y derecha, pero él no aparece. Observa los besos y abrazos de su
alrededor, pero ella sólo es abrazada por este frío mes de invierno que parece
querer acabar con ella.
De repente un joven muchacho aparece
corriendo entre la gente. Parece ansioso, y así se lo hace saber al verla, abrazándola
con tal fuerza que impide su respiración, pero dándole la vida a la vez. Ella hunde
la cabeza en su pecho dejándose llevar, oliendo el aroma de su cuello.
Él la va soltando poco a poco,
respirando ella como nunca antes lo ha hecho, separándose unos breves
centímetros para mirarse a los ojos y unirse en un profundo beso.
Viernes de noviembre. Siete de
la mañana. Escasos 3 grados.
Ella se despierta de su fría
cama. Esta vez no se sobresalta, no es la primera ni será la última vez que
tiene ese mismo sueño.
Pierde su mirada en la
amarillenta pared.
Vuelve a reposar la cabeza en
la almohada, esta vez apretando con fuerza la mullida bufanda que él le regaló,
que tiene su colonia aún impregnada.
Una lágrima recorre su mejilla
derecha, y así vuelve a quedarse dormida.
Ojalá se cumpla tu sueño.
ResponderEliminarBesos