Sale de la cama, como siempre
con el pie izquierdo.
Observa en el espejo esa fría
imagen que está harta de ver, pero que apenas se atreve a reconocer. Esas
ojeras que la llevan acompañando tanto tiempo, quizás demasiado…
Once cucharadas de café. El líquido
elemento comienza a calentarse, se vaporiza mientras se une al aroma de las
tostadas semillas.
Se encamina a la ducha dejando
atrás la ropa que desnuda su pálida piel; aquella que se eriza con las primeras
gotas de agua. Esos témpanos que arden al contacto con ella, que se fusionan y
la rocían cual rosa, pese a que esta esté ya marchita.
Y así, gota a gota, siendo
rozada por ávidas manos que la recorren, ella se empapa. Y cierra los ojos, y
hunde las manos en su largo cabello, y se siente observada cuando recuerda… sí,
porque así lo hacía él.
El aroma del café se vuelve
más intenso. El ya cobrizo líquido bulle, deseando salir de su cristalina
jaula.
Sí, aquel recuerdo aún la
persigue.
Llegan a su mente aquellas que
cayeron en el mismo embrujo que ella. Piensa en el destino, en la suerte, en el
libre albedrío, en la moneda que cae de canto y aquel trébol de cuatro hojas
rotas.
Inocente de ella se cree
diferente. Cree ser quien ha conseguido que el insaciable reserve las ganas por
ella.
Inocente de ella…
Frío y amargo café. Casi tanto
como sus pensamientos. Sabor alejado de la realidad. Café vertido en la
blancura de su taza.
Mientras la cuchara tiembla y
tintinea, insegura como la mano que la mece, continúa llegando a su mente de
forma atropellada el recuerdo de las caricias dadas, también las contadas; cómo
no, el que las narraba, así como las otras que eran acariciadas.
Y así cae la primera lágrima.
Esta vez es transparente, cristalina, aunque no se sabe bien su procedencia ni
destino.
Y ahí, con el último trago,
ella mira la vacía taza, anhelando más recuerdos, pidiendo en sordos gritos que
alguien le diga que ella es diferente. Que ella es esa a la que sólo se atrevió
a rozar. Que ella será la mejor de sus pesadillas en el peor de sus sueños. Que
su tórrido momento le dejó marcado. Que será la página 27 de todos sus libros.
Que no se perderá ni una estrella contando sus lunas.
Amargo café. Frío cuchillo.
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