sábado, 23 de noviembre de 2013

El tren.

Viernes de noviembre. Siete de la mañana. Escasos 3 grados.
Ella se coloca la mullida bufanda en el cuello y el pesado bolso de viaje al hombro. Baja las escaleras caminando decidida, pisa fuerte pese a los nervios que la acompañan.
Llega a la fría estación de tren, sentándose junto a un pobre vagabundo.
En inútiles esfuerzos por mantener el calor, guarda sus manos en los bolsillos del abrigo.
Se limita ahora a contemplar el gran reloj de la estación; ese que tantos sentimientos ha producido: alegrías en los regresos, tristezas en las idas…
Los minutos pasan lentos, pero para ella cada movimiento de la aguja significa menos presión en ese cuchillo clavado en su pecho desde hace ya demasiado tiempo.
Ocho menos cuarto de la mañana.
Escucha de fondo ese tren que se acerca. Nota como la sangre presiona sus venas con más fuerza, incluso sus mejillas comienzan a ganar color, borrando la blancura de su rostro y las ojeras de no haber dormido en días. Aprieta el asa del bolso desgastando el material.
Sube al tren. Asiento 273. El interventor comprueba que su billete es correcto.
El traqueteo del motor comienza a sonar. Todo vibra ahora. Ella apoya su cabeza en el cristal, perdiendo su mirada en los metros que acortan sus distancias.
Escucha por megafonía como una mecanizada voz va nombrando las estaciones por las que pasa, pero ninguna corresponde a donde dejó su vida.
Los gruesos y nudosos troncos de los verdes olivos y una adehesada llanura le avisan de que pronto estará en casa.
Doce y media de la mañana. El maquinista comienza a frenar el tren, haciendo que los engranajes que lo forman chirríen de forma molesta, aunque para ella es ahora mismo la armonía más dulce que podría escuchar.
Retuerce el asa del bolso casi rompiéndolo. Ella mira de forma nerviosa por la ventanilla; parece no verle. El corazón rebota en su pecho con más fuerza conforme camina, siendo sus pasos más y más decididos y a la vez más temblorosos.
Baja del tren, mira nerviosa a izquierda y derecha, pero él no aparece. Observa los besos y abrazos de su alrededor, pero ella sólo es abrazada por este frío mes de invierno que parece querer acabar con ella.
De repente un joven muchacho aparece corriendo entre la gente. Parece ansioso, y así se lo hace saber al verla, abrazándola con tal fuerza que impide su respiración, pero dándole la vida a la vez. Ella hunde la cabeza en su pecho dejándose llevar, oliendo el aroma de su cuello.
Él la va soltando poco a poco, respirando ella como nunca antes lo ha hecho, separándose unos breves centímetros para mirarse a los ojos y unirse en un profundo beso.

Viernes de noviembre. Siete de la mañana. Escasos 3 grados.
Ella se despierta de su fría cama. Esta vez no se sobresalta, no es la primera ni será la última vez que tiene ese mismo sueño.
Pierde su mirada en la amarillenta pared.
Vuelve a reposar la cabeza en la almohada, esta vez apretando con fuerza la mullida bufanda que él le regaló, que tiene su colonia aún impregnada.

Una lágrima recorre su mejilla derecha, y así vuelve a quedarse dormida.

martes, 19 de noviembre de 2013

Amargo café.

Sale de la cama, como siempre con el pie izquierdo.
Observa en el espejo esa fría imagen que está harta de ver, pero que apenas se atreve a reconocer. Esas ojeras que la llevan acompañando tanto tiempo, quizás demasiado…
Once cucharadas de café. El líquido elemento comienza a calentarse, se vaporiza mientras se une al aroma de las tostadas semillas.
Se encamina a la ducha dejando atrás la ropa que desnuda su pálida piel; aquella que se eriza con las primeras gotas de agua. Esos témpanos que arden al contacto con ella, que se fusionan y la rocían cual rosa, pese a que esta esté ya marchita.
Y así, gota a gota, siendo rozada por ávidas manos que la recorren, ella se empapa. Y cierra los ojos, y hunde las manos en su largo cabello, y se siente observada cuando recuerda… sí, porque así lo hacía él.
El aroma del café se vuelve más intenso. El ya cobrizo líquido bulle, deseando salir de su cristalina jaula.
Sí, aquel recuerdo aún la persigue.
Llegan a su mente aquellas que cayeron en el mismo embrujo que ella. Piensa en el destino, en la suerte, en el libre albedrío, en la moneda que cae de canto y aquel trébol de cuatro hojas rotas.
Inocente de ella se cree diferente. Cree ser quien ha conseguido que el insaciable reserve las ganas por ella. 
Inocente de ella…
Frío y amargo café. Casi tanto como sus pensamientos. Sabor alejado de la realidad. Café vertido en la blancura de su taza.
Mientras la cuchara tiembla y tintinea, insegura como la mano que la mece, continúa llegando a su mente de forma atropellada el recuerdo de las caricias dadas, también las contadas; cómo no, el que las narraba, así como las otras que eran acariciadas.
Y así cae la primera lágrima. Esta vez es transparente, cristalina, aunque no se sabe bien su procedencia ni destino.
Y ahí, con el último trago, ella mira la vacía taza, anhelando más recuerdos, pidiendo en sordos gritos que alguien le diga que ella es diferente. Que ella es esa a la que sólo se atrevió a rozar. Que ella será la mejor de sus pesadillas en el peor de sus sueños. Que su tórrido momento le dejó marcado. Que será la página 27 de todos sus libros. Que no se perderá ni una estrella contando sus lunas.

Amargo café. Frío cuchillo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Somos débiles.

Tratamos de mostrar serenidad cuando nos tiemblan las piernas; necios de nosotros, que no somos capaces de abrirnos al mundo.
Quienes al notar un atisbo de soledad goteamos como rotas bolsas de frágil plástico.
Quienes desahogamos en ese primer beso un autodestructivo pensamiento.
Quienes no somos capaces de confiar ni en nuestra propia sombra, solo por tratarse de la figura de una mujer.
Pero, ¿quién iba a fiarse de un ser que puede alejarle del paraíso…? ¿Quién sería capaz de autodestruirse o de recrearse…? ¿Quién cambiaría por cristal el plástico que ya posee…? ¿Quién se taparía los oídos y no tiritaría…?

Y así, por humana debilidad, cargamos a nuestras espaldas con pervertidas verdades con las que deberemos convivir.
También lloramos cuando nos sentimos solos.
Nos asustan los verbos “morir” y “nacer”.

Y no olvidamos que Eva fue quien mordió la manzana.