Sabes, me encantó esa
sensación. Sentí en mis manos el poder de acabar con algo pero, a la vez, un
repentino miedo se apoderó de mí. Bueno, a decir verdad no era miedo, para
nada, estaba tan decidida a hacerlo… Era más bien el dolor, sí, eso es lo único
capaz de frenarnos.
Ella corría lentamente,
rozando mi piel, rasgando algo que pensé que estaba muerto hacía ya tiempo. Pero
entonces, brotó una roja sonrisa en mi muñeca, y conforme mi rabia aumentaba,
ella parecía sonreír con más fuerza, como si estuviera mofándose de mí,
restándome fuerzas, pero no mis ganas.
Yo sabía que aquel plateado
pececillo deseaba recorrerme por dentro, y por eso le dejé hacerlo. Le ayudé
repetidas veces, las suficientes para que aquella insultante sonrisa comenzase
a llorar. Y a cada lágrima derramada, mi cuerpo perdía fuerza.
¿Que cómo terminó, preguntas? Aparté
a mi plateado amigo, y lamí los labios de la insolente sonrisa, sintiendo así
un alivio con el que por fin sonreí yo, apreciando la belleza de la hendidura resultante.
He de admitirlo, aquel
sangriento escenario me encantó. Nunca antes el color de la pasión había
llamado tanto mi atención, siquiera su sabor, que esta vez fue el más dulce de
todos.
Mi objetivo estaba cumplido. No
quería acabar con nada, sólo saber hasta dónde era capaz de llegar.
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