Decidieron,
mis sentidos, darle las riendas al corazón. Él que es ciego, sordo y mudo, se
dejó llevar por el tacto de tus grietas. Y yo me corté con cada pedazo, con
cada trozo desgarrado, con cada roto que pasé a hacer mío.
Aprendí
de ti, y a la fuerza, que de amor uno no muere. De amor uno se ahoga, uno se
asfixia, uno apuesta el alma y la amortiza; pero de amor, uno no muere.
Uno
siente que se muere en el silencio. El silencio; eso es lo que más duele. Ese instante
que tú creas para destruirnos – y que parece no concluir nunca. Aquel instante
en el que te recreas, que haces eterno, que asusta más que una margarita
diciendo que no me quieres.
Pero
recuerda que de silencios uno tampoco muere; porque lo más doloroso de estos es
condenarse a la idea de que las puertas que más ruido hacen son aquellas que
nunca llegan a cerrarse del todo.
No
nací de tu costilla, nací de tu inseguridad. Broté de tus ganas en el charco de
una gotera que nunca quisiste arreglar. Y he muerto de sobredosis de ti. Me até
a ti, y me suicidé en el precipicio que se forma tras la caída de tus ojos
sobre mis labios – justo antes de besarme.
Pero
no he muerto de amor, porque, de amor, uno no muere.