sábado, 14 de octubre de 2017

Por favor y gracias

Nostalgia es lo que tarda un drogadicto en inyectarse su dosis.
Exangüe es ese último resoplo con ganas de “no más, por favor”.
Por favor y, a veces, gracias.
Gracias por venir a mi entierro.

Calibre 22

Escojo balas de plata,
y te dejo apretar el gatillo.
Te dejo elegir dejar mi vida intacta,
Y vas
Y coges
Y disparas.

No se abre mi carne,
no estaba cargada.

Pero
Algo ha muerto.

miércoles, 28 de junio de 2017

Carta a nadie

Digo que me quedo con lo bueno. 
Me quedo con la impaciencia de unos besos a las cuatro y media de la mañana el primer día de abril. 
Me quedo con nuestra intimidad, de género risa. 
También con que no te conozco, pero me veo en ti; veo mi reflejo en la simplicidad de dos arcos originales. 
Veo en ti la curiosidad que hizo al gato enamorarse de la vida. 
Y, al final, con lo que me quedo es con que has conseguido que vea, con los ojos cerrados, cómo baila una gitana – y que disfrute de ello. 
Me quedo con que cuando quito veintiún pétalos a una margarita, me dice que me quieres  un poquito. 
Me quedo contigo.


Solo me queda decir que ojalá.

jueves, 2 de febrero de 2017

De amor no se puede morir

Decidieron, mis sentidos, darle las riendas al corazón. Él que es ciego, sordo y mudo, se dejó llevar por el tacto de tus grietas. Y yo me corté con cada pedazo, con cada trozo desgarrado, con cada roto que pasé a hacer mío.

Aprendí de ti, y a la fuerza, que de amor uno no muere. De amor uno se ahoga, uno se asfixia, uno apuesta el alma y la amortiza; pero de amor, uno no muere.

Uno siente que se muere en el silencio. El silencio; eso es lo que más duele. Ese instante que tú creas para destruirnos – y que parece no concluir nunca. Aquel instante en el que te recreas, que haces eterno, que asusta más que una margarita diciendo que no me quieres.

Pero recuerda que de silencios uno tampoco muere; porque lo más doloroso de estos es condenarse a la idea de que las puertas que más ruido hacen son aquellas que nunca llegan a cerrarse del todo.

No nací de tu costilla, nací de tu inseguridad. Broté de tus ganas en el charco de una gotera que nunca quisiste arreglar. Y he muerto de sobredosis de ti. Me até a ti, y me suicidé en el precipicio que se forma tras la caída de tus ojos sobre mis labios  justo antes de besarme.


Pero no he muerto de amor, porque, de amor, uno no muere.

domingo, 29 de enero de 2017

Donde siempre

Estamos donde siempre, donde nos dejamos. En una huída continua hacia ningún sitio. Hacia uno contra el otro. Hacia un choque mortal de dos suicidas sentimentales.
Estamos demasiado perdidos para siquiera querer buscarnos. Y ya no nos miramos, o al menos no lo hacemos como solíamos hacerlo.
No me queda nada que darte. Absolutamente nada. Y cómo me alegro. Sonrío pensando que no me queda nada porque ya te lo di todo. Y mantengo la sonrisa cuando abro ese cajón en el que sigues guardando mis cosas. Objetos que siguen oliendo a mí; y a nosotros.
Nos faltan palabras. Nos sobran tripas. Y decido no hablar del tiempo por si vuelve a huir como hizo la última vez.
Años, muchos años. Tiempo suficiente para tenernos y no soltarnos; porque nunca hemos querido hacerlo.
Corrijo mis palabras, que es el único refugio que me queda: No he podido, No has querido, No nos has dejado… Demasiado.
¿Y si frenamos? Nunca ha sido una opción. Tampoco lo es ahora. (Creo). No lo será nunca. (Supongo). Y aun creyendo como ciertas las palabras que me has hecho tragarme tantas veces, sigo dudando.
Y ya no. No más.
Puntos suspensivos rellenan demasiadas hojas, y me niego en rotundo. Me niego a todo lo que lleve tu nombre.

Cierro el cajón, tiro la llave y te miro mientras la buscas.