Estamos donde siempre, donde nos
dejamos. En una huída continua hacia ningún sitio. Hacia uno contra el otro. Hacia
un choque mortal de dos suicidas sentimentales.
Estamos demasiado perdidos para siquiera
querer buscarnos. Y ya no nos miramos, o al menos no lo hacemos como solíamos
hacerlo.
No me queda nada que darte. Absolutamente
nada. Y cómo me alegro. Sonrío pensando que no me queda nada porque ya te lo di
todo. Y mantengo la sonrisa cuando abro ese cajón en el que sigues guardando mis
cosas. Objetos que siguen oliendo a mí; y a nosotros.
Nos faltan palabras. Nos sobran tripas. Y
decido no hablar del tiempo por si vuelve a huir como hizo la última vez.
Años, muchos años. Tiempo suficiente
para tenernos y no soltarnos; porque nunca hemos querido hacerlo.
Corrijo mis palabras, que es el único
refugio que me queda: No he podido, No has querido, No nos has dejado…
Demasiado.
¿Y si frenamos? Nunca ha sido una
opción. Tampoco lo es ahora. (Creo). No lo será nunca. (Supongo). Y aun
creyendo como ciertas las palabras que me has hecho tragarme tantas veces, sigo
dudando.
Y ya no. No más.
Puntos suspensivos rellenan demasiadas
hojas, y me niego en rotundo. Me niego a todo lo que lleve tu nombre.
Cierro el cajón, tiro la llave y te miro
mientras la buscas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario