Esas lágrimas que esperas que
no vayan a caer, pero que al hacerlo son tan sinceras… Esas ojeras producidas
por el cansancio, noches en vela pensando en no sé qué, la mente en blanco enturbiada
por esa negrura que a partir de ahora es tu más fiel compañera… Y al final,
¿qué es lo que te queda? Ahora todo en lo que creías se tambalea, nada fluye
como antes, y sólo te queda esperar. Deseas sumirte en un profundo sueño tras
el que todo empiece desde cero, pero ves que nunca llega. Ansías que esa
persona te diga: ‘eh, tranquila, sólo ha sido una broma de mal gusto, ahora
todo está bien’. Sin embargo, eso no ocurre.
Duele, ¿verdad? Duele mucho. Cuando
estás tan acostumbrado al calor que sólo esa persona es capaz de proporcionarte
y, de repente, un día sólo ves frío en sus ojos, cuando eso ocurre… Sientes que
estás ante un extraño, no sabes cómo actuar, y lo primero que ocurre es que tus
ojos quedan inundados, tanto que te parece imposible que esas saladas gotas
recorran tu rostro con tanta rapidez.
Entonces entras en algo
diferente, tu ánimo pasa por cinco estados igualables a los que siente alguien
que sabe que va a morir. Primero te niegas, tanto a ti mismo como ante lo que
ha ocurrido, no lo soportas ni quieres hacerlo. Luego pasas por una fase de ira,
enfado e indiferencia, por no poder evitar lo ocurrido. Tras esto, tratas de
negociar contigo mismo o con el entorno, entendiendo los pros y contras del
hecho. Ahora sólo encontrarás dolor emocional, tristeza, pena, aflicción… Y
finalmente, lo aceptarás, lo asumirás aunque no lo olvides.
Dicen que tras la tormenta
viene la calma, que quien bien te quiere te hará llorar… Pero ahora mismo sólo
soy capaz de ver que mi mayor sueño ha tornado a pesadilla, que el monstruo de
debajo de la cama me atrapa cada noche… Y duele.
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