jueves, 2 de febrero de 2017

De amor no se puede morir

Decidieron, mis sentidos, darle las riendas al corazón. Él que es ciego, sordo y mudo, se dejó llevar por el tacto de tus grietas. Y yo me corté con cada pedazo, con cada trozo desgarrado, con cada roto que pasé a hacer mío.

Aprendí de ti, y a la fuerza, que de amor uno no muere. De amor uno se ahoga, uno se asfixia, uno apuesta el alma y la amortiza; pero de amor, uno no muere.

Uno siente que se muere en el silencio. El silencio; eso es lo que más duele. Ese instante que tú creas para destruirnos – y que parece no concluir nunca. Aquel instante en el que te recreas, que haces eterno, que asusta más que una margarita diciendo que no me quieres.

Pero recuerda que de silencios uno tampoco muere; porque lo más doloroso de estos es condenarse a la idea de que las puertas que más ruido hacen son aquellas que nunca llegan a cerrarse del todo.

No nací de tu costilla, nací de tu inseguridad. Broté de tus ganas en el charco de una gotera que nunca quisiste arreglar. Y he muerto de sobredosis de ti. Me até a ti, y me suicidé en el precipicio que se forma tras la caída de tus ojos sobre mis labios  justo antes de besarme.


Pero no he muerto de amor, porque, de amor, uno no muere.