Soy los sedimentos de un acantilado. La tierra yerma donde
crecen girasoles. Los nudos del tallo de una amapola que no huele.
Soy la niña que creció bajo la sombra de unos ídolos
muertos. La misma que se bebió toda la tinta por el deseo de ahogarse. Y que
resurgió de las cenizas de un ave fénix suicidado.
Soy lágrimas postizas. Soy la silueta de un espejo al que no
quiero mirar. Y al que miro. Y al que le imploro clemencia mientras desgarro mi
dermis con la punta de mis pestañas.
Soy la herencia de un mendigo. El saco roto del hombre que
habita bajo las camas de las niñas que tienen miedo.
Soy una niña que tiene miedo.
Soy la tercera pata que cojea. La puerta que chirría. Las
cadenas forjadas para ser arrastradas.
Soy todos los post-its
donde apuntas las cosas que no recuerdas. Soy todos y cada uno de ellos
sin pegamento. Soy los post-its en el suelo.
Y me convierto entonces en la nevera vacía que nunca será
llenada, porque se te ha olvidado comprar lo que había en aquellos malditos
post-its.