viernes, 3 de enero de 2014

Mortal maquillaje.

Lápiz de ojos negro. Pintada una raya demasiado gruesa para unos ojos tan pequeños. Ese rímel ya casi gastado alarga un poco sus húmedas pestañas. El colorete espera cerrado sobre el sucio lavabo, aunque el rosado color no sería suficiente para tapar la marcada línea bajo su pómulo, señal de su mala alimentación desde hace días, por lo que abandona la brocha.
Tres barras de labios. Ella elije la burdeos, la más oscura de las que tiene.
Por último se coloca las pesadas botas color añil que alcanzan un palmo sobre sus finos tobillos.
Baja las escaleras y toma las llaves sin hacer mucho ruido; quiere pasar desapercibida, y tristemente le resulta bastante fácil desde hace un tiempo.
Se mira por última vez en el espejo antes de salir de casa, pero cree que también él le miente.

La invernal niebla viste las calles por las que ella es mojada por ese fino rocío. Esas por las que sólo le es permitido ver bajo aquellos escasos metros donde las farolas alumbran, y donde unos enfermizos, hambrientos y despeluchados gatos maúllan angustiosamente.

Camina rápido. Asustada por cómo el eco de sus propios pasos la persigue, exhalando vaho en cada bocanada de aire que suelta, como si de su propia vida escapando de sus labios se tratase.

Entonces llega. Mira a ambos lados nerviosa y entra sin llamar a la puerta. El olor a alcohol añejo y a tabaco liado se hace más intenso según avanzan sus pasos. Y le encuentra allí, sentado como siempre en el  raído y oscuro sofá de cuero falso. Él aprieta contra sus labios la boquilla, llena sus pulmones del negro humo y, tras una irónica sonrisa, lo expulsa por sus agrietados labios.
Él le hace un gesto y ella se acerca. Le agarra fuertemente del pelo arrastrándola hasta pocos centímetros de su cara, provocando en ella dificultad para respirar esa pestilente colonia barata. El borracho la somete preguntando si será buena de nuevo, y ella responde mirando a la nada con esas palabras que está acostumbrada a repetir: “yo me doy igual”.
Él agarra su delgada muñeca apretando su áspera mano. Tira de ella con fuerza escaleras arriba, empujándola finalmente sobre la deshecha cama. Ella cae bocabajo, y se yergue lentamente mientras escucha cómo la cremallera de su yugo cae, bajando y llegando al suelo. Esta es agarrada por las caderas, y entonces penetrada con brutalidad, besada, golpeada, follada y azotada, todo con rabia, y ella ya no es capaz de sentir.
El verdugo termina, dejando dentro de ella el fruto de ese desenfrenado encuentro con el que tanto la ha hecho disfrutar…
Se enciende un cigarrillo más tras lo que abrocha el cinturón con el que tantas veces la ha ahogado y se va, dejándola maltrecha sobre el manchado colchón.

Antes de salir se refleja en un roto y ensangrentado cristal, viendo las marcas de la vergüenza en su rostro.
Lo último en lo que se fija pero a lo que más atención presta es a esos finos labios. Aquellos a los que maquilló con el oscuro color. Sin embargo, pese a haberse borrado el carmín, estos siguen manchados de un color alejado del color de la vida.

Sus labios están ahora maquillados por un tétrico color violeta, manchado por el mismo azul añil de sus botas; y ella ha quedado condenada a sentir como espectro los pasos que dio justo antes de morir.