lunes, 7 de octubre de 2013

¿Perder?

¿Qué es perder? Para un ludópata es no ver un montón de luces y sonidos en una inerte máquina. Para un optimista es no tener la oportunidad de tener una sonrisa al día. Para un rico es no poder saciarse con algún bien material. Para un rockero es no asistir a aquel ansiado concierto que da ese mítico grupo. Para un niño es llegar el último a la fila y quedarse sin merienda. Y, ¿para un pobre? ¿Qué significa perder para aquel que no tiene nada? Quizás es una alegría, pues tras tocar el más frío suelo, no puedes llegar a algo más bajo. A lo mejor se trata de acostumbrarse, de no sentir, no ver, no oír, no saborear, no oler… carecer de aquello que le hace persona.

¿Se plantea alguien lo que es perder para aquel que está muerto? O, mejor aún, ¿sabemos realmente lo que es estar muerto? Morir puede ser dejar de respirar, de pensar, de tener la calidez que nuestra sangre fluyendo nos proporciona, servir de alimento para otros, acabar siendo un simple recuerdo en un triste cajón… Sin embargo, se pueden morir de muchas formas. Incluso aun muriendo, podemos seguir vivos. O, por el contrario, estando vivos podemos formar parte del mundo de los difuntos.

Mueres cada vez que dejas un beso sin dar, cada vez que cierras los ojos al dormir y no tienes en quien pensar, cada día que tu motivación al levantarte no es algo que haga al mundo un lugar mejor.  Cuando no eres más  que alguien ocupando un espacio, cuando la sociedad te convierte un número más y te sometes, no crees en un azar, un destino; cuando necesitas que te pellizquen para saber que estás viviendo una realidad y no un sueño. También cuando al salir no pierdes la cabeza, no eres ese del que se nota su ausencia, cuando al hacer una maleta nadie sabe de dónde vienes ni adónde vas.

Vivir es mucho más complicado, es una cuesta arriba continua. Es ser lo suficientemente valiente como para morir. Es dejar un vacío cuando te vas, es ser el motivo de las lágrimas más saladas de los demás, es ser un bonito recuerdo en el más oscuro y lluvioso día. Es aquel hueco en la cama que nadie podrá llenar nunca, o incluso ser ese sitio en el armario que no serán capaz de ocupar con otras cosas que las tuyas. Vivir es escribir, morir, y que te sigan leyendo.

Quizás cuando más mueres es cuando no tienes nada por lo que morir, cuando no tienes qué perder.