miércoles, 10 de julio de 2013

Tantas veces muerto.

Entras, como cada día, en aquella casa a la que solías llamar hogar. Dejas las sonoras llaves en el pequeño mueble y pasas a dejar la compra a la cocina. Lo haces cual autómata, mientras sueltas un: ‘hola cariño, ya estoy en casa’. Tristemente, no encuentras respuesta, aunque te importa bien poco, pues llevas once meses ya repitiendo la misma frase que no admite contestación posible.
Te adentras más en la casa. Esta vez vas al baño, el cual quedó manchado de ese color pasión que aún no has sido capaz de limpiar. No obstante, en realidad te gusta ver el lugar en el que su vida fluyó, el cómo encharcó ese suelo en el que os amasteis con tanta pasión, pese a que ahora se haya estancado, dejando un olor a óxido que no parece querer desaparecer. Observas, como cada día, los rastros que su cuerpo dejó, incluso su dolor.
Tras esto, la coges. Sí, aún la conservas, te trae recuerdos. La acercas a tu muñeca y cortas. Lo haces veintisiete veces, las mismas que ella, y recoges las pequeñas gotas en ese frasco de colonia con el que solía perfumarse. Rara vez las mezclas con las suyas, pues sientes que ensucias su sangre, aunque sin darte cuenta la limpies con las lágrimas que recorren tus mejillas.
Entonces entras a vuestra habitación, te sientas en el borde de la cama y abres el cajón de su mesilla, la cual has dejado intacta. Abres el sobre y relees la carta. Está manchada de lágrimas y sudor, pero sobre todo de dolor. Te la sabes casi de memoria. En ella te hacía saber que ya no se emocionaba cada día al despertar, que se sentía culpable, que en su vida demasiadas cosas carecían de sentido ya, y que no sería justo seguir mintiendo diciendo ‘estoy bien’. Se había dado cuenta de que necesitaba cosas que hacía tiempo que no tenía, no pudiendo superar la frustración, la culpa y la hipersensibilidad que sentía. Alude también a ti, a la fantástica vida que conseguiste ofrecerle, pero que, sin saber porqué, no le es suficiente.

Y así, ella creía que lo mejor era abandonar, dejarlo todo, poder volar y borrar preocupaciones para, quizás, demasiado tiempo; para siempre. Tristemente, creer no es saber, aunque tú tienes claro que nunca borrarás la sangre que dejó al rajarse las venas en el baño. Sabes que ahora tienes un vacío en tu vida que jamás podrás llenar, y sabes que el suicidio de su cuerpo ha llevado al suicidio de tu alma.