Conocí la alegría al haber
sabido de la tristeza y sus lágrimas. Conocí la locura al haber convivido con
la calma. Supe lo que era el dolor cuando ya había estado sobre una nube. Sentí
lo que era un beso de verdad tras haber visto mi cuerpo entre unas frías y
ansiosas manos. Entendí lo que era la seguridad cuando el miedo se había
apoderado de mí tantas y tantas veces. Vi amistad cuando no tuve a nadie que me
cobijara cuando lo necesité. Encontré amor cuando vi el odio reflejado en los
ojos de la gente. Supe el verdadero significado del vacío cuando noté el calor
de la gente saltando unida en un concierto. Me di cuenta de lo que es llenar
una vida cuando hallé una vacía y simplemente me dieron las gracias. Aprecié lo
que era el calor cuando alguien quiso pasar frío cediéndome su chaqueta. Observé
lo que era el silencio cuando el eco me respondió en aquel acantilado. Dominé los
vicios tras haber sufrido de exceso de ellos. Me di cuenta de lo que
significaba la libertad al sentir la opresión cuando no nos dejaron gritar.
Conocí el egoísmo cuando la amabilidad salvó a tantos.
Aunque para conocer lo bueno
tengamos que haber sentido el mal en nosotros, como siempre digo: menos y
menos, acaba resultando más.